El Tigre.- Estar atrapado en la regadera de su baño cuando la tierra comenzó a moverse el pasado 24 de junio fue apenas el preludio de una de las misiones más complejas en la vida de Franklin Wiley, funcionario de Protección Civil El Tigre.
Tras los severos sismos que devastaron al estado La Guaira, la respuesta de los organismos de rescate del sur de Anzoátegui fue inmediata, pero para Wiley, el deber se entrelazó trágicamente con el dolor personal.
Con 60 años de edad y una vida dedicada al rescate, inspirado por su padre, un bombero trinacional (EE. UU., Costa Rica y Venezuela), Wiley es un sobreviviente de la historia de emergencias del país.
Se salvó milagrosamente de la tragedia de Tacoa en 1982(incendio de planta termoeléctrica), cuando le impidieron ingresar a las instalaciones por ser menor de edad.
Sirvió en la Armada y Bomberos Aeronáuticos, sobrevivió a la falla de un motor en vuelo durante una misión en 1998 y participó en el rescate de más de 500 personas en la primera noche del deslave de Vargas en 1999
Este funcionario contó que apenas se sintió el movimiento sísmico, ejecutó el protocolo de Evaluación de Daños y Análisis de Necesidades (EDAN). Un procedimiento para evaluar los daños materiales y determinar con urgencia qué tipo de ayuda necesitan los afectados.

Dolor familiar
Minutos después, recibió la noticia: el colapso del Bloque 3 de La Páez, en Catia La Mar, le arrebató a su sobrino y dejó inicialmente desaparecida a una sobrina.
Tras viajar a la zona para reconocer el cuerpo de su familiar y encontrar a su sobrina a salvo en una iglesia local, se integró de inmediato a la misión de rescate en representación de Protección Civil El Tigre.
En sus primeros cinco días participó en 33 operaciones extremas, sobreviviendo incluso a una explosión de gas mientras intentaba liberar a personas atrapadas bajo losas de concreto.
En una segunda fase, asignado al Grupo 3A de Protección Civil Anzoátegui en el edificio OPP 25 de Tanaguarenas, en equipo trabajaron sobre las ruinas de una estructura de 14 pisos colapsada.
En medio de réplicas, fugas de gas, espacios confinados y olores nauseabundos, la tarea se enfocaba en la recuperación de víctimas.
«Trabajamos con mucho tacto, respeto y amor para entregar a los dolientes a sus familiares fallecidos», relata.
Durante casi dos horas, trabajó con herramientas manuales para liberar con delicadeza la mano atrapada de una mujer bajo una viga de concreto sin amputarla, respondiendo a la suplica de su esposo.
Incluso en el Edificio Caribe, suspendido en cuerdas a 20 metros de altura sobre cerámica inestable, sufrió un impacto en el muslo tras un desequilibrio en la maniobra, completando la extracción asignada sin detenerse.
Tras días de combate en la zona de desastre, el regreso al sur de Anzoátegui significó el reencuentro con la familia y la asimilación del impacto vivido.
“Al llegar a casa abracé a mi familia, fui a la iglesia para hablar con Dios, me relajé escuchando música y salí a pasear con mi hija y nietos a pesar de que me siento golpeado físicamente. Al final, uno da gracias a Dios por la vida», reflexiona.
Dani, una experiencia de vida
A esta labor de despliegue en la costa central se sumó Dani Bravo, actual director de Protección Civil Guanipa, quien con 28 años de trayectoria en el área bomberil y de atención de emergencias, destacó que la magnitud del desastre superó cualquier proyección previa.
«La impresión fue algo muy fuerte. A pesar de los años que uno tiene en esta carrera, en preparación y formación, nunca esperamos que fuera de tan alta magnitud», señala.
Para el jefe de Protección Civil Guanipa, la experiencia sirvió para hacer una evaluación profunda de las capacidades y necesidades reales de los cuerpos de atención.
“Nos centró más en las funciones de la institución y en las cosas que pueden pasar en la vida. Nos hizo reconocer las debilidades y necesidades que tienen las instituciones desde la perspectiva del funcionario, tanto en equipamiento como en movilidad», expresó.
También. enfatizó que la principal lección dejada por este evento es la necesidad de intensificar la cultura de prevención comunitaria.
“Nos dejó el aprendizaje de que debemos ser más constantes y efusivos en la preparación del público en general, aumentando nuestro compromiso de seguir formándonos e instruyendo a las comunidades».
Las vivencias de Franklin Wiley y Dani Bravo evidencian la preparación, la ética y la sensibilidad de los funcionarios de Protección Civil en la zona sur de Anzoátegui, reafirmaron su papel indispensable frente a las grandes emergencias del país.
En el ámbito personal, confesaron que al regresar de la zona de desastres, su mayor refugio y fortaleza es la familia, luego de haber sido testigos de dolor de tantas personas perdieron todo.
Gianna Rodríguez /Especial

