Especial.- Muchos fieles inician los ritos y tradiciones del Día de Difuntos el primero de noviembre, lo que da lugar a la sensación de que es ese día en el que hay que visitar los cementerios. Sin embargo, la Iglesia católica diferencia claramente las dos celebraciones.
El 1 de noviembre se celebra la festividad de Todos los Santos, conocidos y desconocidos. No sólo rinde homenaje a los que están en los altares, sino también a los cristianos que después de toda una vida son un modelo, según el evangelio.
La celebración se remonta al siglo IV y su origen es la gran cantidad de mártires de la iglesia en aquella época. Así, el 1 de noviembre está dedicado especialmente a los santos no canonizados, a reconocer su labor.
En cambio, en el Día de los Difuntos se pide que sus almas vayan al Cielo y se conmemora el 2 de noviembre desde que en el siglo X un monje benedictino, San Odilón, empezara a celebrar en esa fecha en concreto una misa pidiendo por todos los difuntos.
El sentido de estas oraciones era pedir la purificación de las almas de los que habían partido para que pudieran acceder a la vida eterna libres de pecado. Esa práctica se venía realizando desde hacía siglos y está recogida en el Antiguo Testamento. Sin embargo, fue en la Edad Media cuando se generalizaron las misas ofrecidas como ‘sufragio’ por los difuntos.
A partir del siglo XVI, toda la Iglesia de rito latino adoptó la fecha fijada por San Odilón.
La principal tradición en el día de los Fieles Difuntos es visitar los cementerios. Familiares y amigos llevan flores a las tumbas de sus seres queridos, las limpian, rezan por sus almas y les ‘acompañan’ un rato.

